MEJOR SER UN BUEN LADRÓN

Al levantarme esta mañana, no sin antes rascarme los huevecillos, me he mirado al espejo y me he dicho: Chavalote, ya tienes 84 años y va siendo hora de decidir lo que quieres ser en esta vida. Como me han entrado las prisas de buena mañana en tener un futuro prometedor y lo primero que he encontrado a mi alcance para sacarle provecho a esta vida es este ordenador , he decidido sin dudarlo (mas que sin dudarlo, sin pensarlo) en ser escritor.
De pequeñito, cuando me preguntaban en la escuela que quería ser de mayor yo decía que me gustaría ser ladrón. I no un ladrón a lo Robin Hood, no, un ladrón avaro y maléfico que metiera la mano en el bolsillo de cualquier ser humano, sin molestarse en averiguar su casta social. A partir de entonces, mis maestros me miraban tras un rostro de arrepentimiento por no poder hacer de mi un si grato social. Y tras su rostro, unas voces que vomitaban toda la culpa a los padres, a quien si no. Pues en mi caso, de una manera un tanto indirecta, fueron mis padres los que me ayudaron a encarrilarme hacía una vida digna sin expedientes en comisaría. En un principio, al verme tan ilusionado con mi futuro de ladrón me apoyaban como unos buenos padres y me regalaban todo tipo de artilugios que podrían serme de gran ayuda. En mi noveno cumpleaños cayo un pasamontañas de lana, que además de esconder mi rostro, también me protegía del frió, es que las madres, como ya sabréis, piensan en todo. Luego en reyes de ese mismo año vino el spray detector de infrarrojos, pero como todo niño caprichoso, después de jugar una o dos veces con el lo deje en las tinieblas de mi armario, a mí me iba más lo del arma blanca en mano y el pasamontañas. Tras un sinfín de regalos y de apoyo patriarcal pase una infancia feliz robando todo lo que me venía en gana. Y claro, como era un niño, la culpa no era que yo tuviera la mano larga, ¡no que va!, ni tampoco de tener la mala leche de arrancar de cuajo una cadenita de oro que colgaba del cuello de una vieja chocha, ¡no!, ¡por favor! La culpa de todo aquello era de mis padres, que además de hacer lo que me daba la gana me reían todas las gracias. Pobres padres, las cosas que tienen de oír y aguantar por hacer feliz a su hijo ante todo, ante la ley incluso. Todo el mundo se cree en derecho de juzgar la actitud de un padre ajeno, pero a mi nunca me ha faltado cariño, amor y comprensión, porque detrás de esa navaja suiza y del botecito de éter, siempre había un hombro de madre en el cual llorar, unas manos con las que jugar y un bolsillo al cual robar en los días de crisis.
Pasados los años, el niño cabrón que había se convirtió en un hombrecito repleto de granitos en la cara y las hormonas a flor de piel. Y como bien sabéis, a esa edad se acaban los deseos de jugar al boluerzo (tu eres delgado, tonto y feo y te robo el almuerzo) y empezar a jugar al renaso (al patriarca ni puto caso). Por tanto, deje atrás el deseo de ser ladrón y ante una que otra disputa con mis padres empecé a estudiar como un bribón. Tras excelentes mis manos perdían habilidad y haciendo uso de la rebeldía que caracteriza al mundo adolescente me saque el bachillerato.
Una vez rehabilitado en esta linda sociedad, el mundo laboral me dio una palmadita en la espalda. Ante mi se postraron un sinfín de puertas, algunas de pequeñas y roñosas y otras de grandes y lujosas, pero que mas daba, todas abrían inimaginables caminos que me conducirían por un campo de flores hasta mi vida adulta. Para mi sorpresa, cuando me acerque a abrirlas, las muy puñeteras estaban cerradas. Entonces vino el señor mundo laboral y aquello que en un pasado fue una palmadita se convirtió en una buena colleja.

Entonces di media vuelta y otra vez a la carga. Primero una carrera, después un master, luego otra carrera, otro master, y por ultimo el gran carné, el del paro. Y ahí estaba de nuevo, más fuerte, más alto y con la voz más ronca. Con una selva entre las piernas y otra en el pecho, con un buen par de pelotas. Volví entonces a mirar de frente al mundo laboral y apartando la espalda a tiempo antes de que me diera la palmadita, me dirigí a la puerta mas grande y adornada. Cogí el paño con fuerza y… aún me duele la colleja.

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